Después de haber presenciado en su estreno la obra Dios es un DJ, texto de Falk Richter, dirigido por Gabriel Figueroa y en el que actuaban Isabel Piquer y Emilio Savini, (obra que por cierto era eterna, llena de momentos insoportables, sobre todo aquellos en los que Emilio tenía que llevar algún peso dramático), volví al teatro a ver la versión Redlicious que el señor Figueroa nos prepara esta vez con, ahora sí, un actor de verdad, Carlos Valencia y claro la inmejorable Isabel Piquer.
La obra en esta nueva versión tiene muchos logros que en la anterior eran impensables dado que Isabel cargaba la losa entera del montaje. En este caso la mancuerna es simplemente magnífica, ambos actores se complementan en la danza de la cotidianidad pero sin llegar al cotidianito, son cotiniamente extraordinarios, lo cual se agradece. Es por esto que la gente ríe y se sorprende de inicio a fin, aunado al hecho de que Carlos con maestría involcura al público, los nota inclusive cuando tarde llegan al teatro con frases como: Buenas noches caballero, sientese por ahí hay lugar (acto seguido continua sin perder el hilo de la acción o la tensión dramática.)
La obra tiene incontables temas que abordar y sin embargo yo diría que gira una y otra vez cual disco vinílico rayado en tornamesa ornamental sobre el tema de la pareja ante sí misma y frente a los demás. Es el eterno conflicto de: por ser mujer soy una histérica pero pelame, te necesito, no me dejes, sumado al: soy hombre, dame mi espacio, pero y, he aquí un giro interesante: soy sensible, también lloro y necesito tanta atención como tú, momentos que dicho sea de paso Carlos las lleva del melodrama a una verdad dolorosa y que hasta da pena, casi te sientes en una situación de esas que todos hemos vivido donde una pareja se pelea frente a ti y cada uno expone su verdad entre lágrimas y sollozos contenidos, lo cual ante el patetismo y la extrema necesidad de Carlos por atención, consigue pegar a los espectadores a la butaca en el arranque de locura que este nos presenta ante la falta de entendimiento de sus "supuestos problemas".
Otro evidente acierto de la puesta es la fragilidad de Isabel, la cual se encuentra rota, deshecha y pugnando por aparecer segura ante nosotros, sus espectadores constantes, sus eternos admiradores, lo que ella necesita que seamos. Y es menester decir que con ese trabajo actoral lleno de frescura, contención y verdadero contacto con su compañero, es un hecho que le admiramos y no sólo por su bonito amarillo vestido.
Lo oscuro... La obra en su estreno en el Julio Castillo (versión primera) era ETERNA, CANSADA, uno quería darse un tiro y contar cuantas luces había en el foro, o tratar de dilucidar en que consistía el suplicio de los textos eternos y de la cantidad de escenas, estímulos y situaciones que no nos llevaban a ninguna parte. Esto era y no era su culpa. Todos sabemos que los alemanes tienen mucho que decir y sus montajes, que ya no digamos sus peliculas duran horas y horas en las que poco a poco te van llevando a un universo donde el tiempo se detiene. El problema es que los latinos tenemos sangre caliente y no podemos darnos ese lujo, o si pudieramos hay que saberlo hacer.
Ellos dicen que esta versión está recortada, aún así la puesta dura dos horas y aunque el trabajo de ambos actores es fresco y gozozo, llega el momento en que uno piensa en las tarjetas de crédito, el amigo este con el que quedé después de la función, el proyecto que no he terminado y... si ya la viste antes, ufff todavía no llegan a la parte en la que... etc. Yo sé que cortarle a una obra propia es dificil, vamos soy escritor y onanista, me encanta lo que escribo y cortarle siempre es difícil, pero sí uno no lo hace termina con un mamotreto que aunque todas las escenas sean buenas, CANSA, y más si no aporta nada ESENCIAL E IMPRESCINDIBLE a lo ya dicho. En mi opinión todavía hay mucho que puede cortarse, no diré qué, porque cada quien sabe que parte le gustó o qué parte le desagradó y eso es muy subjetivo, pero de que está larga lo está. Y no es por las dos horas, hay obras de 3 y de 4 que llegan a tenerte pegado a la silla, dios es un dj, desde su construcción dramática te lleva lentamente aparentemente a ninguna parte y eso cansa a pesar de que el resultado si te ha transportado a otro lugar, hay muchos momentos donde pareciera que no.
Lo frivolo de la puesta es su apuesta, así que no podríamos decir que es algo oscuro, y menos porque los actores lo tienen tan bien entendido que les es natural ofrecernos las sábanas con sus rostros al final de la obra. (lo cual sería maravilloso que en verdad existiera, más de uno, público consumista, las compraría cayendo después en cuenta de que se ha convertido en parte del sistema capitalista en la que ya uno mismo es un producto intercambiable) tema que debería ser el central del texto según lo entiendo yo, pero que pasa a segundo término ante la relación que construyen Isabel y Carlos.
Más allá de lo larga que pueda resultar, ambos son dos actores muy talentosos, guiados por un verdadero director que se atreve, se arriesga y se permite modificar su obra cuantas veces sea necesario para conseguir el resultado deseado. Lo cual aplaudo, agradezco y me quito el sombrero. Es una obra actual que comunica, entretiene, toca y destantea. La recomiendo mucho a todos los que quieran ver algo distinto en el teatro mexicano, que no por ello bizarro o de "exploración".
Un aplasuo a DIOS ES UN DJ. Muy recomendable, (eso sí vayan con tiempo y dispuestos a dejarse llevar por estos dos jóvenes a un mundo cibernético comercial, siempre presente y donde la opción es pasar un buen rato como en todo reality show)
lunes, 7 de septiembre de 2009
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